Investigadores de la Universidad de Oslo y del Hospital Universitario de Oslo, junto con colaboradores internacionales, han descubierto una pequeña molécula producida exclusivamente por bacterias intestinales que puede impulsar activamente enfermedades en los conductos biliares.
Los hallazgos, publicados en la revista Nature Metabolism
, refuerzan la evidencia de una conexión entre las señales del intestino y la
progresión de la colangitis esclerosante primaria (CEP) y señalan medicamentos
existentes que podrían probarse como nuevos tratamientos.
La colangitis esclerosante primaria (CEP) es una
enfermedad rara pero grave que afecta tanto al hígado como a los conductos
biliares, los pequeños tubos que transportan la bilis fuera del hígado. Los
conductos biliares se inflaman, se estrechan gradualmente y cicatrizan. A
medida que se estrechan, la bilis no puede fluir correctamente, como una
tubería de desagüe bajo un fregadero que se obstruye lentamente. Cuando la
bilis y los productos de desecho se acumulan, el hígado se daña
progresivamente. Muchos pacientes desarrollan cirrosis e insuficiencia
hepática, y una gran proporción necesita un trasplante de hígado entre 10 y 20
años después del diagnóstico. La colangitis esclerosante primaria también
aumenta el riesgo de cáncer.
Los investigadores de NoPSC sospechan desde hace tiempo
que la colangitis esclerosante primaria (CEP) está estrechamente relacionada
con el intestino. La mayoría de los pacientes con CEP también padecen
enfermedad inflamatoria intestinal (EII). En los últimos años, los investigadores han cartografiado la flora intestinal de las personas con CEP,
demostrando que es claramente diferente de la de las personas sanas. Otra
observación importante es que la colangitis esclerosante primaria (CEP) suele
reaparecer tras un trasplante de hígado.
Mediante análisis sanguíneos avanzados, el equipo midió
más de 1000 moléculas pequeñas e identificó una que solo producen las bacterias
intestinales. Los pacientes con niveles más altos de esta molécula presentaban
una enfermedad más grave y tenían mayor probabilidad de necesitar un trasplante
de hígado.
Los experimentos realizados en ratones demostraron que la molécula podía desencadenar la enfermedad y empeorar el daño en los conductos biliares, y que el bloqueo de esta respuesta eliminaba el efecto nocivo. Esta molécula activa un sistema celular llamado mTOR, que regula la inflamación y la cicatrización. Ya existen medicamentos aprobados que inhiben el mTOR y se utilizan como inmunosupresores tras trasplantes de órganos. Los investigadores esperan obtener las primeras respuestas de los ensayos clínicos en unos cinco años.


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