A muchas personas con síndrome del intestino irritable se les recomienda seguir una dieta baja en alimentos FODMAP (cebolla, el ajo, las manzanas, el trigo y algunos productos lácteos). Esta dieta reduce ciertos carbohidratos que el intestino absorbe mal. Estos carbohidratos son fermentados por las bacterias intestinales, produciendo gases y atrayendo agua al intestino, lo que puede desencadenar síntomas. Para muchas personas funciona. Pero para muchas otras, no. ¿Por qué?
La eficacia de una dieta baja en FODMAP para el síndrome del intestino irritable no depende únicamente de la alimentación, sino también de cómo interactúan el intestino y el cerebro.
El síndrome del intestino irritable afecta la comunicación entre el cerebro y el intestino. Las señales viajan entre ellos, influyendo en la sensibilidad del intestino y en la intensidad de los síntomas.
Una forma sencilla de entenderlo es como un regulador de volumen. Para algunas personas, el sistema digestivo está más activo, por lo que incluso una digestión normal puede resultar incómoda o dolorosa. Para otras, el sistema está más activo.
La alimentación es importante, pero solo representa una parte del problema. El cerebro también puede intensificar o atenuar los síntomas, influenciado por el estrés, la ansiedad ante los síntomas gastrointestinales y las expectativas sobre cómo responderá el cuerpo.
Para comprender esto, un grupo de investigadores estudio a 112 adultos con síndrome del intestino irritable (SII) durante seis meses mientras completaban las tres fases de la dieta baja en FODMAP. Los participantes trabajaron con un dietista durante las fases de restricción, reintroducción y personalización, lo que permitió hacer un seguimiento de cómo cambiaban los síntomas a medida que se eliminaban y reintroducían los alimentos. Midieron los síntomas, la calidad de vida y factores psicológicos como la ansiedad y las expectativas. Utilizamos modelos estadísticos para identificar patrones de respuesta y qué predecía la mejoría.
Algunas personas mejoraron rápidamente y mantuvieron esa mejoría. Otras mejoraron solo ligeramente, o no mejoraron en absoluto, incluso después de completar todas las fases de la dieta.
Descubrieron que los factores psicológicos influyeron significativamente en la eficacia de la dieta. Es importante destacar que la diferencia no radicaba solo en lo que la gente comía, sino en cómo pensaban y sentían acerca de sus síntomas y su tratamiento.
Las personas que creían que la dieta les ayudaría tenían más probabilidades de mejorar. Esto se conoce como "expectativa de tratamiento" y se observa en todos los ámbitos de la atención médica.
Las personas con un alto nivel de ansiedad relacionada con el intestino tenían menos probabilidades de mejorar. Esto significa que estaban muy preocupadas por su intestino y eran más sensibles a sensaciones normales, como gases o movimientos intestinales. Las personas que sentían que tenían un mayor control sobre sus síntomas también tendían a evolucionar mejor.
Estos factores a menudo cambiaban antes de que mejoraran los síntomas. Esto sugiere que el cerebro podría contribuir a los cambios en los síntomas. Esto no significa que el síndrome del intestino irritable sea solo psicologico. Los síntomas son reales y pueden tener un gran impacto en la vida diaria.
El intestino y el cerebro están estrechamente conectados. El estrés y la ansiedad pueden alterar la sensibilidad intestinal y la intensidad de los síntomas; por ejemplo, muchas personas experimentan una sensación de mariposas en el estómago durante momentos de estrés.
Actualmente, el tratamiento del síndrome del intestino irritable (SII) suele basarse en el método de ensayo y error, comenzando con cambios en la dieta y, si es necesario, con terapias psicológicas. Estos hallazgos sugieren que quizás debamos replantearnos este enfoque.
Algunas personas pueden beneficiarse más de enfoques psicológicos, como la reducción del estrés o la terapia cognitivo-conductual (TCC). Estos enfoques pueden ayudar a las personas a replantear sus pensamientos negativos sobre su intestino, reducir la ansiedad y afrontar gradualmente los alimentos o las situaciones que temen que puedan desencadenar síntomas. Otros pueden responder bien solo con la dieta. Y muchos pueden necesitar ambas cosas. Si podemos identificar estas diferencias con antelación, por ejemplo, evaluando la ansiedad o las expectativas, podríamos asignar mejor a cada persona el tratamiento adecuado.
Esta investigación supone un cambio en nuestra comprensión del síndrome del intestino irritable (SII). No se trata simplemente de un problema alimentario, sino que está determinado por la interacción entre la dieta, el intestino y el cerebro. Para las personas que padecen síndrome del intestino irritable, esto podría significar menos dietas restrictivas, menos frustración y un acceso más rápido a tratamientos eficaces.
Para los médicos, esto nos abre la puerta a una atención más personalizada, donde el tratamiento se adapta al funcionamiento del sistema intestino-cerebro de cada persona. En definitiva, mejorar el tratamiento del síndrome del intestino irritable (SII) quizás no se trate de encontrar la dieta perfecta. Puede que se trate más bien de comprender cómo interactúan el intestino y el cerebro, y utilizar ese conocimiento para guiar el tratamiento adecuado.


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